Eugenio Lucas El moribundo

Núm. de inventario
196051
Cronología
segundo tercio del siglo XIX
Técnica
óleo
Soporte
tabla
Medidas
36x26 cm

El genial pintor Eugenio Lucas Velázquez nació en 1817 en Madrid, ciudad en la que desarrolla la mayor parte de su obra y en la que fallece en 1870. Sobre su vida hay bastantes datos confusos e incluso dudosos, como por ejemplo su estancia en la Academia de Bellas Artes de San Fernando. Sin embargo, lo que sí está comprobado es que sus realizaciones pictóricas son más bien tardías, ya que en 1844, con motivo de su matrimonio, se declara ebanista y no pintor, lo que a juicio de José Manuel Arnáiz –quien fecha las primeras obras conocidas en 1842– explica la inexistencia de obra juvenil. Será en la década de 1850 cuando despliegue su estilo más personal y se produzca el reconocimiento a su pintura. En 1849 es presentado al rey consorte, Francisco de Asís, quien le encarga una escena de caza; se inicia así su relación con la corona, que se prolongará en el tiempo. Tan sólo dos años más tarde solicitó el nombramiento como pintor de cámara; los reyes accedieron a contratar sus servicios como paisajista, y en 1853 fue nombrado Caballero de la Orden de Carlos III. En esta etapa de apogeo, dos obras suyas fueron seleccionadas para representar a España en la Exposición Universal de París de 1855, año en el que también fue nombrado tasador, en la Quinta del Sordo, de las pinturas negras de Francisco de Goya, maestro por el que sentía una gran admiración y que tanta influencia llegó a ejercer en su obra.

Eugenio Lucas fue un pintor que se situó en la línea opuesta a las composiciones que habían ejecutado, capitaneados por los Madrazo, un grupo de artistas que gustaban de los grandes cuadros de Historia de inspiración clásica. Frente a estos, siguió la estela abierta por el genial Goya y continuada por artistas nacidos en la primera década del siglo XIX, como Leonardo Alenza y Jenaro Pérez Vilamil. En realidad, su obra se encuadra inequívocamente en las realizaciones románticas, en las que el artista se empeña en plasmar el mundo circundante, sin dulcificaciones. El Romanticismo no puede entenderse como una simple tendencia estética sin trascendencia social, sino que se trata de un movimiento íntimamente ligado a la realidad que se vivía, al sentimiento y a lo subjetivo, lo que lo convierte en una crónica social e histórica.

Eugenio Lucas está considerado como el continuador legítimo del camino abierto por Francisco de Goya y, aunque algunas de sus pinturas estén claramente inspiradas en las más críticas y expresionistas del maestro aragonés, no cabe duda de que se trata de un creador con sello propio y de personalidad artística muy marcada y poco dada a los convencionalismos. Su estela creativa fue continuada por su hijo Eugenio Lucas Villaamil, fruto de su relación con Francisca Villaamil, con quien convivió tras separarse de su mujer en 1853.

Esta obra, catalogada por José Manuel Arnáiz como El moribundo, representa una escena muy característica de las realizaciones de Eugenio Lucas, en las que se expone una situación en la que participa gran número de personajes representativos de diversos estamentos sociales. Además de su temática, su carácter abocetado y empastado nos remite a las producciones que el artista realizó tras el proceso de 1852 al Cura Merino. Su ejecución debió de impactar en la retina creativa de Lucas, ya que sus series de Inquisición y ajusticiados comienzan a ser referente de su producción a partir de entonces.

La composición está dividida en dos partes. La primera, la más cercana a nosotros, se crea por medio de la incorporación de potentes personajes anónimos que, sin embargo, representan a la perfección sus papeles: el sacerdote, a la izquierda, contemplando el desfile de personas que pasan ante él; el letrado enteramente de negro con los papeles sujetos por su brazo derecho, el joven caballero de rojo con su sombrero en la mano, la mujer gruesa ataviada como si se tratase de una menina, todos ellos alrededor del cuerpo inerte y semidesnudo de una figura masculina llevada en volandas por un grupo que va perdiendo identidad personal para adquirirla como parte de una masa, la del pueblo sumido en los acontecimientos que lo arrastran y que él mismo provoca. Un segundo plano se pierde en el fondo del cuadro y allí intuimos, más que vemos, a los que miran sin participar, a los que se mueven como una mancha detrás o al lado de los acontecimientos. Puede tratarse, sin duda, de la escena de un ajusticiado, de un moribundo o de cualquier otro personaje condenado por el destino a un futuro terrible y cierto: la muerte presenciada y despojada de su carácter íntimo.

Este efecto dramático se consigue además por la inclusión instantánea del movimiento que va llevando a los protagonistas del lienzo de un lugar a otro, por la pincelada nerviosa y rápida de ejecución violenta –que empasta los irreconocibles rostros reducidos a manchas de color de paleta sobria y brillante, con toques lumínicos de blanco manchado– y por un espacio opresivo y angosto en el que encaja a los personajes, convertidos en manchas fantasmales a medida que se alejan del centro real de la escena.

Esta obra está realizada en tableautin, formato que cobra protagonismo en el s. XIX y que tiene en Eugenio Lucas a uno de sus máximos exponentes.

Eugenio Lucas Velázquez cultivó también el dibujo y el grabado, y realizó además decoraciones murales e incluso algunas miniaturas.

Texto y catalogación: Ana Quijada Espina

Referencias bibliográficas
  • ARNÁIZ, J. M. (1981) Eugenio Lucas. Su vida y su obra. Madrid: M. Montal, editor.
  • BALSA DE LA VEGA (1911) Eugenio Lucas. Madrid: Progreso Gráfico.
Ubicación en el planoUbicación de la obra en las instalaciones de la Universidad

 

  • Universidad de Oviedo
  • Campus de Excelencia Internacional