Orlando Pelayo Termidor

Núm. de inventario
196021
Cronología
1984
Técnica
acrílico
Soporte
lienzo
Medidas
160x129 cm

Esta obra, Termidor, donada por su autor, Orlando Pelayo, a la Universidad de Oviedo en 1989 junto a la titulada La víctima, fue realizada en 1984.

En este acrílico (Pelayo abandona el óleo y empieza a utilizar materiales acrílicos a partir de 1972), aunque más cromático y, en cierto modo, vital y luminoso que La víctima, Pelayo vuelve a enlazar con esa "historia apócrifa" ("Pinto historias apócrifas, que yo invento, que son subyacentes y que son verdad", dice) que le sirve de punto de referencia en muchas de sus composiciones. Emplea en este caso un lenguaje formal en el que siguen predominando la presencia de la figura humana –escondida tras un entramado de formas geométricas, pero explicitada a través del yelmo de la zona superior izquierda–, la fuerza expresiva de la pincelada, el color y la composición, en la mejor tradición de la pintura española.

Porque la de Pelayo es una pintura en la que "lo español" está siempre presente, tanto en la temática que desarrolla, como en su solución plástica. Una vez superada la etapa de Orán, en la que los pretextos solían hacer referencia a la realidad más inmediata a través de sus paisajes y retratos de sus amigos, los motivos hispanos son recurrentes, ya hagan referencia a la historia o la cultura española a través de sus protagonistas (Retrato de un grande de España, 1963, col. part.; Deux episodes de la vie de D. Juan de Mañara, 1966, col. part.; Meninas apócrifas, 1973, Museo Nacional Centro Nacional de Arte Reina Sofía), a localidades o leyendas albaceteñas (La saludadera de Balazote, 1972, Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía; La légende de Balazote, 1977, Museo de Albacete; Fundación de Balazote, 1983, col. part.) e incluso a tipos y mitos asturianos (Gaitero, h. 1968, col. J. L. Álvarez; Las del sábanu, 1970, Museo de Bellas Artes de Asturias; El cuélebre, 1981, IberCaja; El nubero, 1981, col. part.)

Por lo que se refiere a la solución formal de estos temas, también se puede apreciar esa vinculación con lo español, reconocida y justificada por el propio Pelayo: "Creo que mi pintura es absolutamente española y que, en mis reacciones más violentas, también soy español… Creo que mi pintura está marcada por un suceso capital en mi vida: el exilio. El exilio es una condena al recuerdo, a la nostalgia, a la recreación mediante el corazón de lo esencial memorable. Esto es lo que ha hecho de mi obra –estoy persuadido– una reflexión permanente, obsesiva, sobre España de lejos". Efectivamente su obra, en la que siempre, como en el caso de Termidor, está presente el ser humano (es una pintura que, a pesar de todo, se puede calificar de figurativa), se resuelve con la fuerza expresiva, dramática, de la mejor pintura española con cuyos representantes más significativos se relaciona permanentemente su lenguaje: El Greco, Velázquez, Goya, Solana, Saura… Pero también conecta con los escritores y pensadores que ponen de relieve ese sentimiento trágico de la vida: Quevedo ("Quevedo me ha marcado mucho porque temperamentalmente, guardando las distancias y con todos los respetos, me siento muy cerca de él", asegura), Unamuno, Machado… Pelayo es también un intelectual que muestra en imágenes su pensamiento, que siempre ha "querido expresar la angustia de nuestra época a través de las metáforas", según su propia expresión. Hay que recordar, además, que Pelayo es autor de numerosos textos sobre pintores anteriores o contemporáneos o sobre su propia obra ("Toledo y El Greco", revista Nao, nº 2, Orán, 1946; "Sobre Delacroix", revista Europe, número monográfico, París, 1963; "Velázquez", introducción a la monografía Velázquez, Colección Chefs-d'oevre de l'Art, Editorial Hachette, París, 1966; "Nueva visión del Lazarillo", revista Guadalimar, nº 10-11, Madrid, 1976; "Recuerdo de Luis Fernández", revista Los Cuadernos del Norte, nº 4, Oviedo, 1980; "Mi pintura", revista Guadalimar, nº 72, Madrid, 1983; "Mis recuerdos de Orán y de Albert Camus", revista Los Cuadernos del Norte, nº 35, Oviedo, 1986).

En el caso de la obra que nos ocupa, Termidor, se aprecia claramente esta vinculación con el lenguaje formal de hondo expresionismo (calificado por sus críticos de muy diversas maneras: agónico, figurativo, historicista, crítico o sublimado, minimalista o gestual), en el que la fuerza reside tanto en el color como en la composición, una composición que en estos años (1984) se muestra más compleja y elaborada que en décadas pasadas, pero sin renunciar a su poética personal; en esta ocasión se divide el lienzo en cuatro zonas, visibles en los cuatro ángulos que surgen por detrás de un esquema en cruz (composición recurrente en muchas de sus telas), de tonalidades más claras y luminosas, y en cuya parte superior izquierda aparece una especie de yelmo, ligeramente desplazado del eje central de la obra; la contundencia de los colores del fondo, de nuevo, potencia el motivo central, pero en esta ocasión todo ello más matizado y compartimentado que en las imágenes de obras anteriores.

El título es también otro elemento importante con el que Pelayo nos transmite otra vez su interés por la historia, aunque sea interpretada, como él mismo dice, de manera apócrifa. Termidor, es, como se sabe, el nombre del undécimo mes del calendario republicano francés y el mes en el que Robespierre fue detenido y ejecutado en la guillotina (el 10 de Termidor, es decir el 28 de julio); no es la única vez que Pelayo se centra, de una manera explícita, en los acontecimientos o personajes que de una u otra forma tomaron parte en la Revolución Francesa (Carlota Corday, 1973-74, Museo de Bellas Artes de Asturias; 1789, 1977, col. J. L. Álvarez; La toma de la Bastilla, 1983, Museo de Bellas Artes de Asturias). La estancia de Pelayo en Orán y sus contactos con intelectuales de la talla de Jean Grenier, Emmanuel Robles, André Gide o Albert Camus ("cuya obra y amistad me marcaron profundamente puesto que encontré en él un profundo acento de gravedad teñido de ironía y de ese ‘sentimiento trágico de la vida' que impregna el alma y el arte de los españoles", reconoce), sus relaciones posteriores en París y el ambiente en el que transcurre su vida, sus continuas lecturas de los poetas españoles y franceses contemporáneos y de la literatura del Siglo de Oro español, proporcionan a Pelayo la posibilidad de sumergirse en la historia y la cultura francesa del mismo modo que está inmerso en la historia y la cultura españolas.

A pesar de todas estas referencias de carácter histórico, de la presencia constante de la figura humana (en forma de homúnculos, humanoides o bestezuelas, según Joaquín de la Puente), la de Pelayo es fundamentalmente una pintura pura, en la que el protagonismo lo sustentan las formas y los colores, independientemente de lo que representen o narren: los verdaderos protagonistas de sus obras son los toques precisos, los trazos, el color, la composición… con los que construye una obra inconfundible y llena de fuerza expresiva y profundidad intelectual, como queda patente en esta obra.

Texto y catalogación: Prof.ª Dra. Rosa María García Quirós

Referencias bibliográficas
  • BARÓN THAIDIGSMANN, J. (1996) Orlando Pelayo, 1920-1990. Cartografías de la ausencia. Catálogo de la Exposición. Centro de Cultura Antiguo Instituto de Gijón. Madrid: Caja de Madrid.
  • Orlando Pelayo. Publicaciones de la Diputación de Albacete, abril 1983.
  • VV. AA. (1990) "Homenaje a Orlando Pelayo", en Los Cuadernos del Norte, 57-58-59. (Textos de Gérard Xuriguera, Ángel González, Juan Cueto y Orlando Pelayo).
Ubicación en el planoUbicación de la obra en las instalaciones de la Universidad

 

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