Carolina del Castillo Desnudo

Núm. de inventario
196116
Cronología
c. 1915
Técnica
óleo
Soporte
lienzo
Medidas
65x46 cm

Carolina del Castillo es una de las pocas mujeres pintoras de que tenemos noticia en la Asturias de finales del siglo XIX y principios del XX.

Nació en Gijón en 1867, y, al decir de sus estudiosos, heredó de su padre el interés por la cultura y la inquietud intelectual. Su afición artística se despertó pronto, y discurrió de modo autodidacta hasta que su marido insistió en que retomase sus creaciones, relegadas durante un largo período en el que mantuvo una relación tan solo intermitente con la pintura.

Su vida personal transcurrió de forma apacible tanto en su niñez como en su juventud, pero se vio más tarde malherida por la pérdida temprana de dos de sus seis hijos: primero Felipe, con cuatro años, y poco más tarde la única hija, Margarita.

Coincidiendo con el fallecimiento del primero, en 1906, Carolina del Castillo asistió a clases con Nicolau Huguet y se mantuvo activa, participando en las Exposiciones Nacionales de 1908, 1910 y 1912.

Durante esta época realiza ocasionales viajes a Madrid, donde conocerá a su futuro maestro Cecilio Pla. Es el momento de acercarse a los grandes artistas del Prado, donde admira y copia a Velázquez.

Sus primeras piezas aparecieron firmadas como Krol-Ina y Krolina, y le gustó cultivar el retrato, el paisaje y el desnudo, este último en un arranque de valentía que sorprenderá a la sociedad del momento. Pero fue el retrato el campo en el que se le reconocieron los mayores logros, al componer lienzos en los que los personajes se acercaban al contemplador. En ellos Carolina del Castillo reflejó su entorno emocional con admirable habilidad.

En 1914 la familia se desplaza a vivir a Madrid y se abre una nueva etapa en la vida y en la creación de la artista gijonesa. Cecilio Pla le muestra un mundo de fuerte cromatismo y de creaciones impresionistas que abren una brecha con todo lo que había aprendido con anterioridad y le permiten asomarse a un universo creativo nuevo en el que se encuentra a sí misma como artista. Pero, además, Madrid le abre las puertas de un ambiente intelectual muy distinto de la tranquilidad pasmosa de Gijón. Son años de intensa producción artística.

En 1927 la familia regresa a Asturias y pocos años después, en 1933, Carolina del Castillo fallece en la misma ciudad que la había visto nacer.

Este óleo representa uno de sus temas preferidos, el desnudo, plasmado aquí con manifiesta destreza. En él la figura permanece abstraída, concentrada en la tarea de ponerse una media, al margen a los presupuestos academicistas en los que la pose era un componente fundamental en el resultado final y esperado de la pieza. Por el contrario, llama la atención la naturalidad con que Carolina del Castillo se enfrenta a la situación y crea un instante robado a la intimidad que admiramos en su plenitud, pero sin formar parte de ella. La obra no dialoga con nosotros, sólo nos permite mirar.

Esta temática, ya controvertida de por sí, resultó aún más conflictiva en este caso, porque quien la abordaba era una mujer. Los prejuicios sociales se removieron y los aspavientos fueron numerosos. Baste decir que, como recuerda Víctor Alperi, cuando Carolina del Castillo requirió a una mujer para posar desnuda la modelo se negó al saber que no se trataba de un pintor sino de una pintora.

El cuerpo aparece en una pose totalmente informal, inclinado hacia delante, por lo que no resulta visible en su integridad, pero sí en su contorno. El rostro semioculto presenta el mismo perfil que encontramos en otro de los desnudos catalogados por Víctor Alperi, que comparten notables analogías. Llaman la atención las veladuras con las que cubre el cuerpo, con las que se distancia del dibujo perfilador y opta por una pincelada gruesa y constructiva de formas y volúmenes destacados sobre un fondo que únicamente se modela para reflejar y resaltar el cuerpo femenino. Es un telón creado con texturas que caen verticales y son concebidas con imprecisión formal: se intuyen y se adivinan, pero no se visualizan del todo.

La luz se alía precisamente con esta pincelada de impronta impresionista para subrayar la fuerza del volumen, el cuerpo que se destaca sobre la oscuridad de un fondo utilizado en función de las formas femeninas que en modo alguno buscan el erotismo, sino simplemente la naturalidad. La blancura de la anatomía que no se delimita milimétricamente nos ofrece un contraste con el cabello oscuro conformado por una mancha negra.

Esta pieza fue adquirida por la Universidad de Oviedo en 1990, durante el rectorado de Juan Sebastián López Arranz.

Texto y catalogación: Ana Quijada Espina

Referencias bibliográficas
  • ALPERI, V. (1978) Pintores asturianos. Oviedo: Banco Herrero.
  • ROLLÁN ORTIZ, J. (1977) Monografías de pintores asturianos. Carolina del Castillo. Gijón: Museo de Jovellanos.
Ubicación en el planoUbicación de la obra en las instalaciones de la Universidad

 

  • Universidad de Oviedo
  • Campus de Excelencia Internacional